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Es posible discernir un énfasis algo similar en la definición de predicación del laico congregacional Bernard Lord Manning:
Argumentos a favor de la sinceridad
Para la mayoría de las personas la sinceridad es una virtud que no necesita explicación; rara vez necesita ser mencionada. Sin embargo, la facilidad con que todos nos alejamos de la estricta honestidad y caemos en algún grado de fingimiento o hipocresía indica que sería prudente armarnos de argumentos. No es difícil encontrarlos; el Nuevo Testamento expone al menos tres.
Los peligros inherentes de ser un maestro. – Ciertamente la enseñanza es un don espiritual, y su ministerio es un gran privilegio. Al mismo tiempo, se trata de un ministerio lleno de peligro, puesto que los maestros que instruyen a otros no pueden aducir que ignoran su propio currículum. Tal como, escribiera Pablo sobre un rabino judío: «Ahora bien, tú que... estás convencido de ser guía de los ciegos y luz de los que están en la oscuridad, instructor de los ignorantes, maestro de los sencillos, pues tienes en la ley la esencia misma del conocimiento y de la verdad; en fin, tú que enseñas a otros, ¿no te enseñas a ti mismo? (Ro 2.17–21). La razón por la que la hipocresía es particularmente desagradable en los maestros es que no tiene excusa. De ahí la dureza del juicio de Jesús sobre los fariseos: «porque no practican lo que predican» (Mt 23.1–3). Ésta es también la razón para el sorprendente consejo de Santiago: «Hermanos míos, no pretendan muchos de ustedes ser maestros, pues, como saben, seremos juzgados con más severidad» (Stg 3.1).
La hipocresía causa gran ofensa. – Sin duda, muchas personas se han apartado de Cristo por el comportamiento hipócrita de algunos que dicen seguirlo. Pablo lo sabía, y estaba decidido a no ser piedra de tropiezo para la fe de otros: «Por nuestra parte, a nadie damos motivo alguno de tropiezo, para que no se desacredite nuestro servicio. Más bien, en todo y con mucha paciencia nos acreditamos como servidores de Dios» (2 Co 6.3, 4). Luego procedió a mencionar su resistencia y carácter como evidencia de la realidad de su fe. No existía dicotomía entre su mensaje y su comportamiento.
Con otros predicadores es distinto. Mientras estamos en el púlpito abogamos en gran manera por Cristo y por la salvación que él provee, pero cuando descendemos de él lo negamos y no damos, más que cualquier otro, evidencias de haber sido salvados. Es entonces cuando el mensaje carece de credibilidad. Si nuestra vida lo contradice, nadie aceptará nuestro mensaje cristiano más de lo que aceptarían un remedio para el resfrío recomendado por un vendedor que tose y estornuda entre cada frase. Obstaculizamos tremendamente nuestro trabajo si edificamos con nuestras bocas los domingos durante una o dos horas y luego derribamos todo con nuestras manos durante el resto de la semana:
Un error palpable en aquellos ministros que crean tal desproporción entre su predicación y su vida es que estudian arduamente para predicar correctamente y estudian poco o nada en absoluto para vivir correctamente [cursivas añadudas]. La semana completa no alcanza para estudiar cómo hablar por dos horas; y sin embargo una hora parece ser demasiado para estudiar cómo vivir toda la semana… Debemos estudiar con el mismo ímpetu tanto para vivir bien como para predicar bien. (Richard Baxter. The Reformed Pastor.)
La influencia positiva de ser una persona genuina. – Ello era evidente en el caso de Pablo. No tenía nada que esconder. Cuando se decidió a renunciar definitivamente a «todo lo vergonzoso que se hace a escondidas», su política fue «la clara exposición de la verdad», y recomendarse de este modo «a toda conciencia humana en la presencia de Dios» (2 Co 4.2). Detestaba la artimaña y el engaño. Ejerció su ministerio abiertamente, y podía apelar tanto a Dios como al hombre como testigos suyos (por ejemplo, 1 Ts 2.1–12). Su convicción personal, solidez de conducta y rechazo de todo subterfugio proporcionaron un fuerte fundamento a todo su ministerio. Nada de su vida o estilo de vida impedía que creyeran sus oyentes o podía ser usado como excusa para no creer. Creyeron en él porque era digno de buena fe. Lo que era y lo que decía era lo mismo.
Estoy convencido de que en nuestros días la simple sinceridad no ha perdido nada de su poder de atracción o impresión. Fue en 1954 cuando Billy Graham alcanzó los titulares por primera vez en Gran Bretaña, con su Gran Cruzada de Londres. Aproximadamente 12.000 personas llegaron a Haringay Arena cada noche durante tres meses. La mayoría de las veces estuve presente, y al mirar la vasta muchedumbre a mi alrededor no pude evitar compararla con nuestras iglesias medio vacías. «¿Por qué viene esta gente a escuchar a Billy Graham,» me preguntaba, «y no viene a escucharnos a nosotros?» Estoy seguro de que había muchas respuestas justas para esa pregunta. Pero lo que seguía respondiéndome a mí mismo era: «Ese joven evangelista norteamericano es de una sinceridad indisputable. Aun sus críticos más acérrimos coinciden en que es sincero. Realmente creo que es el primer predicador cristiano sincero y transparente que muchas personas han oído». Hoy, años después, no he encontrado razón para cambiar de opinión. Es así como la hipocresía siempre repele, pero la integridad o autenticidad siempre atraen.
Una de las principales evidencias de la autenticidad es estar dispuesto a sufrir por lo que creemos. Pablo hablaba de sus aflicciones como credenciales. El predicador insincero diluye el evangelio de la gracia, para evitar «ser perseguidos por causa de la cruz de Cristo» (Gá 5.11–6.12). El verdadero siervo de Dios, por otro lado, se acredita en todo por su resistencia a la oposición (2 Co 6.4, 5). Sus sufrimientos pueden ser asimismo internos puesto que el predicador es particularmente vulnerable a las dudas y la depresión. A menudo es mediante una lucha oscura y solitaria que ha emergido hasta alcanzar la luz de una fe serena. Sus oyentes pueden discernirlo, y le prestarán mayor atención. Colin Morris lo ha expresado de esta acertada forma:
La sinceridad personal es probablemente el mejor contexto para mencionar las materias prácticas de reproducción de la voz y los gestos, lo cual es causa de ansiedad para la mayoría de los predicadores jóvenes e inexpertos. Es comprensible que sientan aprehensión por su forma de hablar («¿cómo se oye?») y su porte («¿cómo me veo?»). En consecuencia, algunos deciden averiguar. Se paran ante el espejo, adoptan una variedad de poses y se observan al gesticular; también se escuchan por medio de una grabadora.
De hecho, hoy en día se combina la imagen y el sonido en la cámara de vídeo, la cual es usada regularmente por los seminaristas norteamericanos que aprenden a predicar, y también en otros países. Ahora bien, no es mi intención vedar el uso de estos aparatos, porque no me cabe duda de su utilidad. Y ciertamente la cinta audiovisual es preferible al espejo, puesto que delante del espejo de hecho se actúa, mientras que la cinta permite la evaluación posterior objetiva de un sermón, que ocurre en forma completamente natural. Sin embargo, aún quisiera advertirles de sus peligros. Si se mira al espejo y se escucha en un cassette, me temo que es posible que continúe observándose y escuchándose a sí mismo al estar en el púlpito. En ese caso, el predicador se condenará a una esclavitud paralizante de preocuparse por sí mismo justo en el momento— en el púlpito—en que es esencial cultivar el olvido de sí mismo mediante la creciente conciencia de la presencia de Dios. Además, el predicador no debe olvidarse que habla en nombre de Dios y se dirige a su pueblo. Sé que los actores hacen uso del espejo y la cinta, pero los predicadores no son actores ni el púlpito es un escenario. Así es que ¡cuidado! Puede tener más valor pedirle a un amigo sincero acerca de la voz y gestos en el púlpito, en especial si necesitan corrección. Un proverbio hindú dice que «quien tiene un buen amigo no necesita espejo». Luego podrá ser usted mismo y olvidarse de sí mismo.
Puedo dar testimonio del gran valor de tener uno o más «críticos laicos». Cuando comencé a predicar, a fines de 1945, le pedí a dos estudiantes de medicina, amigos míos, que asumieran ese papel. (¡Los médicos son excelentes para esta tarea porque están entrenados en el arte de la observación!) . Si bien recuerdo haber quedado devastado por algunas de las cartas que me escribieron, su crítica siempre fue sana. Ambos son hoy eminencias en el campo de la medicina. El predicador que pertenece a un equipo ciertamente debe solicitar el comentario de sus colegas. De hecho, la evaluación ocasional en grupo, ya sea del equipo pastoral o de un grupo de personas, convenido especialmente y que incluya a laicos, ha probado ser de inmenso valor para los predicadores. La evaluación irá más allá de la forma de hablar y gestos al contenido del sermón, incluido nuestro uso de la Escritura, nuestra idea principal y objetivo, nuestra estructura, palabras e ilustraciones, y nuestra introducción y conclusión.
En su Segunda Serie, Spurgeon incluye dos charlas sobre «Postura, acción y gestos, cuando se predica un sermón, ilustradas con caricaturas de clérigos que gesticulan en forma grotesca. Estas charlas contienen muchos consejos sabios y divertidos, y aun así es obvio que le preocupa que sus estudiantes preserven la naturalidad. Preferiría que fueran torpes e incluso excéntricos a que comiencen a «posar y actuar».20 Al respecto escribe:
Espero que hayamos abjurado de los trucos de los oradores profesionales: la tensión que busca el efecto, el clímax estudiado, la pausa preestablecida, el pavoneo teatral, la pronunciación afectada de las palabras y quién sabe qué más, lo cual es posible ver en ciertos clérigos pomposos que aún sobreviven en la faz de la tierra. Ojalá se conviertan pronto en animales extintos, y aprendamos todos una forma simple, natural y viva de explayarnos sobre el evangelio, puesto que estoy persuadido de que Dios bendecirá dicho estilo.
«Caballeros», dijo a sus estudiantes en otra charla, «retomo mi regla: usen su propia voz natural. No sean monos, sino hombres; no loros, sino hombres que muestren originalidad en todas las cosas... Yo repetiría esta regla hasta cansarlos, si creyera que la olvidarían: sean naturales, sean naturales, sean naturales siempre».
Esta naturalidad es hermana de la sinceridad. Ambas nos prohiben imitar a otros. Ambas dicen que seamos auténticos.
La predicación no puede ser aislada jamás del predicador. Es él quien determina tanto lo que dice como forma de expresión. Puede ver la gloria de la predicación y comprender su teología. Puede estudiar arduamente y prepararse bien. Puede ver la necesidad de relacionar la Palabra con el mundo, y tener el genuino deseo de ser un constructor de puentes. Sin embargo, puede que aún carezca del ingrediente vital (cuya falta nada puede compensar): la realidad espiritual personal. La sinceridad es una cualidad que es fruto del Espíritu Santo, que simplemente describe a una persona que cree en lo que dice y lo siente.
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John R. W. Stott es conocido en todo el mundo como un experimentado pastor, evangelista, predicador, escritor y erudito reformado. Fue rector de «All Souls Church» (Londres), y fundador y director de «London Institute for Contemporary Christianity».
Este artículo ha sido tomado y adaptado de La predicación puente entre dos mundos, Libros Desafío. Apuntes Pastorales, Volumen XXI – Número 1
