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sábado, febrero 28, 2009

¡Cuàl es la voz profetica?




por Juan Stam


Una iglesia que no encuentra su voz profética, sobre todo en momentos de crisis histórica, es simplemente una iglesia infiel.

Si la predicación es palabra viva de Dios, lo cuál es la sustancia de la profecía, entonces la predicación debe entenderse como palabra profética. Jesús mismo, el Verbo encarnado, vino con un marcado carácter profético (Mt 16.14), y las Escrituras poseen un carácter marcadamente profético, desde el profeta Moisés hasta los profetas hebreos, por lo que la predicación de Cristo y de las Escrituras también debe ser profética.

Se puede afirmar que en la Biblia los primeros predicadores, y no sólo maestros de la ley, fueron los profetas en Israel. Aunque hoy tengamos sus profecías en forma escrita, originalmente ellos pronunciaron sus apasionados y perturbadores discursos en plaza pública. Y hoy, si nuestra predicación es palabra de Dios, como hemos afirmado, entonces toda predicación debe poseer algo de carácter profético. Eso es la falta más común y más seria en la mayor parte de la predicación; de hecho, a menudo la predicación en muchas iglesias es anti-profética y alienante. Tal predicación es infiel a la vocación con que Dios nos ha llamado.

La palabra «profecía» es uno de los términos bíblicos que peor se entienden. Por lo general se le entiende como esencialmente predicción del futuro, como revelación sobrenatural de información secreta, o como una palabra divinamente autorizada que nadie debe cuestionar. ¡Todo equivocado! El vaticinio de eventos futuros constituye una mínima parte del mensaje profético. El profeta no recibía su llamado para predecir, ni dejaba de serlo si no predecía. En segundo lugar, el Antiguo Testamento prohíbe y condena la adivinación, a lo que corresponde un gran porcentaje de supuestas «palabras proféticas» hoy. Y lejos de otorgarles a los profetas una autoridad incuestionable, casi divina, Pablo dos veces exhorta a los fieles a examinar las profecías con discernimiento crítico (1Ts 5.21; 1Co 14.29).

Un aspecto del significado del día de Pentecostés, pocas veces reconocido, es que aquel día marcó para siempre la naturaleza carismática y profética de toda la Iglesia, sin distingo de sexo, etnia, edad o condición social (Hch 2.17–18). Eso significa un llamado profético especialmente para los y las líderes de la iglesia y una responsabilidad ante Dios y la historia de no traicionar esa vocación. Una iglesia que no encuentra su voz profética, sobre todo en momentos de crisis histórica, es simplemente una iglesia infiel.

La palabra viva de Dios exige obediencia en medio del pueblo y de la historia. Una predicación que semana tras semana no conlleva exigencia profética, y no tiene cómo obedecerse en todas las esferas de la vida, de seguro no es Palabra de Dios. Se dedica a ofrecer un menú variado de productos de consumo religioso pero no nos llama a tomar la cruz y seguir al Crucificado en discipulado radical (Mt 16.24).

Nuestros tiempos nos han traído, junto con infinidad de voces anti-proféticas, otras voces que valientemente proclamaron las buenas nuevas del Reino de Dios y su justicia, del Shalom de Dios y del gran Jubileo con su programa profético de igualdad. Los tres más destacados —Dietrich Bonhoeffer, Martin Luther King y Oscar Arnulfo Romero— sellaron su testimonio con su sangre. Dios nos los envió, en el más auténtico linaje de los grandes profetas de los tiempos bíblicos.

Que Dios nos ayude a aprender de ellos y seguir su ejemplo.
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Tomado de «Fundamentos de la predicación» de juanstam.com, ©2007.

viernes, febrero 13, 2009

EL MILAGRO DE LA PREDICACIÒIN



Por Juan Stam

La predicación es un acto de Dios, totalmente imposible para un ser humano. El predicador no tiene ningún control sobre la acción de Dios, ni puede garantizar que Dios hablará por medio de su exposición.

La predicación y el Espíritu de Dios: La predicación es una tarea muy seria, sin duda mucho más grande de lo que solemos pensar. Con razón observa Karl Barth, en su tratado sobre la predicación, comenta que esta es una tarea imposible; para ella, observa, todo ser humano es incapaz e indigno (1969:48,52). Aun, le resulta imposible saber de antemano qué está pasando mientras él predica, porque los resultados dependen enteramente de Dios (1969:48). Tenemos que exclamar con San Pablo, «¿Quién es competente para semejante tarea?» (2Co 2.16).

Pero gracias al Señor, la palabra de Dios nunca corre sin que la acompañe el Espíritu divino que la ha inspirado. Un tema constante en la teología de los reformadores fue el de «La Palabra y el Espíritu». La Palabra sin el Espíritu conduce a una ortodoxia muerta; el Espíritu sin la Palabra llevaba, en la frase de ellos, al «entusiasmo» desordenado. Los reformadores enseñaban también el testimonium spiritus sancti, el cual sin la letra escrita es letra muerta. En un brillante estudio de este tema, Bernard Ramm afirma que con esta doctrina los reformadores evitaron un concepto cuasi-mágico de la eficacia de la Biblia que podría compararse con el ex opere operato del tradicional sacramentalismo católico. La Palabra escrita no opera sola, actúa solo si es vivificada por el Espíritu de Dios.

En nuestro tiempo, Karl Barth ha reformulado esta doctrina en términos muy impresionantes. La palabra de Dios, para él, ocurre en su sentido pleno cuando Dios habla y el pueblo escucha (1969:71). La predicación hace presente a la Palabra en forma viva; «cuando se predica el evangelio, Dios habla» (1969:19) y entonces —en la frase de Lutero— «La palabra trae a Cristo al pueblo» (1/1 61). En ese acto de Dios, el «Dios que habló» del pasado se convierte en un presente «Dios que habla», siempre por las Escrituras. Por la acción del Espíritu Santo, la Palabra toma vida, como si fuera una resurrección del texto.

La predicación, así entendida, es un acto de Dios, totalmente imposible para un ser humano (1969:21,48,52). El predicador no tiene ningún control sobre la acción de Dios, ni puede garantizar que Dios hablará por medio de su exposición. Eso queda totalmente en manos de Dios y ocurre cuándo Dios quiere y dónde Dios quiere. Por eso —y esto es lo sorprendente la palabra de Dios por medio de un predicador y su sermón es siempre un milagro (1969:23,101). «En esta situación concreta puede suceder que Dios hable y realice un milagro. Pero nosotros no debemos incluir un milagro, por anticipado, en nuestra predicación» (1969:23). Al predicador sólo le toca anunciar que Dios está por hablar (1969:14) y proclamar a la comunidad lo que Dios mismo les quiere decir, mediante la explicación, en sus propias palabras, de un pasaje de las Escrituras (1969:13).

Esta comprensión radicalmente teocéntrica y pneumatológica nos conduce a entender que la única fuerza verdadera de la buena predicación es la obra del Espíritu Santo. A fin de cuentas, el predicador no puede confiar en la elocuencia de su oratoria ni en el carisma y encanto de su atractiva personalidad, ni en nada parecido. Reconocer que el poder del sermón no pertenece a nosotros mismos, pero que Dios ha prometido la acción eficaz de su Espíritu, y confiar en el Espíritu y sólo el Espíritu, no nos permitirá emplear mecanismos de manipulación para tratar de persuadir a los oyentes (1Co 1.18–2.2; 2Co 4.2; 12.16–17; Ef 4.14). No harán falta gritos y gemidos simulados, ni pegajosa música de trasfondo, ni pavonearse de un lado a otro, micrófono en mano. Es el Espíritu Santo quien penetrará en los corazones, y nosotros los predicadores sabremos confiar en su actuar y no interferir contra su eficaz actuar.

Por otra parte, nunca tomaremos la promesa del Espíritu como un pretexto para la pereza. Convencidos del inmenso privilegio de ser instrumentos del Espíritu, estudiaremos las Escrituras con mayor ahínco y prepararemos los sermones con todo cuidado y pasión. El texto favorito de algunos predicadores, «no se preocupen de qué van a decir; el Espíritu Santo los enseñará lo que deben responder» (Lc 12.11—12), no se aplica a la preparación de sermones ni al estudio sistemático de las Escrituras sino a casos de arresto y persecución, cuando uno no tiene tiempo para preparar su defensa. La exégesis bíblica no aparece entre los dones carismáticos de la Iglesia. El Espíritu Santo nos acompañará con su luz en nuestro estudio de la Palabra, pero sólo si de hecho la estudiamos (2Ti 2.15; 1Pe 3.15; Hch 17.11; 1Ts 5.21; Mt 22.37).

¡Dependamos del Espíritu!
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Se tomó del artículo «Fundamentos de la predicación» en juanstam.com,